BLOG

  • PSICÓLOGO-GUSTAVO TORRES FERNÁNDEZ

Síndromes de ciudades (Estocolmo, París, Jerusalén, Lima...)

El síndrome de Estocolmo probablemente ya lo conozcáis pero,

¿sabíais que existe el síndrome de Paris, el síndrome de Jerusalén y el síndrome de Lima? Para aquellas personas despistadas… El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro desarrolla un fuerte vínculo afectivo con quien realiza el secuestro, llegando incluso a tener sentimientos positivos hacia sus secuestradores y mostrar miedo e ira contra las autoridades policiales que darían fin al secuestro.

El nombre de la ciudad, Estocolmo, no es en vano ya que el origen de este síndrome data de Agosto de 1973, cuando se trató de robar el Banco de Crédito de Estocolmo. Jan Erik Olsson, el ladrón de bancos, tuvo que tomar como rehenes a tres mujeres y un hombre... y paradójicamente estos acabaron protegiendo a su raptor ante la policía.


Esto se debe, al parecer, a que las personas secuestradas malinterpretan la ausencia de violencia por parte de su secuestrador/a como un acto de humanidad. Siendo así, ante la respuesta hostil que la policía al otro lado está mostrando, las personas secuestradas se posicionan del lado de quien les raptó.


El síndrome de Lima es la cara opuesta de la moneda del síndrome de Estocolmo. Esto es, quienes han secuestrado o raptado a las personas comienzan a desarrollar compasión hacia sus víctimas hasta el punto en que terminan liberándolas pese a que ello significa que pierden un activo con el que negociar con la policía.


Su origen data de finales de 1996 y comienzos de 1997, cuando 14 miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) tomaron cientos de rehenes de la embajada japonesa de Perú pidiendo que los presos de dicho movimiento, perpetuamente encerrados en celdas de castigo, a bajísimas temperaturas y durmiendo sobre el suelo sean liberados o que se mejorasen, al menos, sus condiciones de confinamiento. Al mismo tiempo también solicitaban que se modificase la política económica para evitar la miseria, el paro y el analfabetismo latente en la mayor parte de la población peruana.


El síndrome de Paris -¡Oh, París!- por otro lado, afecta a turistas que van a dicha ciudad y se encuentran con que la ciudad no es la idealizada versión que tenían en mente, estando muy por debajo de la altura de sus expectativas. Tanto hemos visto de "la ciudad del amor" en series y películas que la tenemos romantizada. El problema es que en las películas y series cuando muestran París no aparece abajo inmediatamente un texto estilo banner o pop-up avisando que te recuerde: "las imágenes que se están mostrando pertenecen a un set de rodaje y pueden diferir de la realidad".


A partir del shock cultural, estas personas turistas experimentan una aguda desilusión, desrealización o sensación de que no se encuentran en la "verdadera" París, ansiedad porque el entorno que tenían en mente era "menos amenazante" que la ciudad en la que se encuentran, delirios de persecución, etc.


Afortunadamente, aunque mucha gente se encuentra decepcionada al ver París, solamente un número reducidísimo de personas acaba por tener este síndrome. El resto de turistas se sobreponen a esa decepción inicial con bastante solvencia y alguna que otra baguette o croissant.

El síndrome de Jerusalén es particularmente distinto de los anteriores. En este caso, la gente que va a Jerusalén a hacer turismo se obsesiona con esta ciudad mientras se encuentra en ella. Embriagada por la historia y las historias que se cuentan, quienes experimentan este síndrome entran en un estado mental en el que pierden el contacto con la realidad y creen que son un personaje de la Biblia.


A consecuencia de ello empiezan a llevar una toga, comienzan a cantar himnos, vocear versos de la Biblia en las calles o, incluso, tratan de realizar sermones en la vía pública.


BONUS: Aunque no es una ciudad, el síndrome de Stendhal sí debe su origen a una ciudad o la belleza en ella. El famoso autor francés del Stendhal dio una primera descripción detallada del fenómeno que él mismo experimentó en 1817 en su visita a la basílica de la Santa Cruz en Florencia, Italia. ¿Y cúales son los síntomas? Vértigo, confusión, temblor y palpitaciones.