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  • PSICÓLOGO-GUSTAVO TORRES FERNÁNDEZ

Hablar de la muerte a menores. Ese tabú...

Salí de casa y me topé con una entrañable pareja. Estaba la abuela llevando a su nieto al cole (el menor tendría unos 3 ó 4 años) cuando se paró el niño y señaló al suelo con interés.


-¡Mira abbbbbuela! ¡Un bbbbbbbbicho mmmmmmmmuuuueerto!


En efecto, había una cucaracha boca arriba y más tiesa que el palo de una escoba. El menor no se equivocaba.


-¡Abbbbbuela! ¡Un bbbbbbbbicho mmmmmmmmuuuueerto!



Ante la insistencia, la abuela tuvo que girarse y llevar su mirada donde el menor señalaba ilusionado. Con sus ojos vió lo que tanto el menor, como yo con indiferencia estabamos viendo: una cucaracha muerta en la acera.


Y la conversación siguió:


-¡Un bbbbbbicho mmmmmmuuuueerto! ¡Mira!


-Uy, qué va... No está muerto. (espetó) Está durmiendo. Estará cansado y está durmiendo.


En ese momento la cara del menor cambió de ilusión a desconcierto, como si hubiera algo que pensaba que entendía y, de pronto, no supiera. Sus ojos veían una cucaracha muerta pero su abuela, en quien parecía confiar absolutamente, le estaba negando esa realidad y diciendo que dormía.


Y la conversación siguió:


-Pero... ¿no está mmmmmuerto?


-No, durmiendo. ¡Hale, que llegaremos tarde!


Expuesto esto, vengo a decir que perdemos magníficas oportunidades que nos brinda la vida para hablar de la muerte a nuestros seres queridos y, lo que es peor, cuando la oportunidad nos es brindada por quien menos sabe de ella, queriendo protegerlo/la negamos la propia muerte y la enmascaramos.


¡Qué bonito habría sido ver a la abuela acoger el interés del menor por ese bicho muerto y validar aquello que veía este ante sus ojos! ¡Qué conversaciones más interesantes podrían haber salido de ahí...!

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